No siempre se trata de qué se hace, sino dónde y cómo: con los pies en la tierra. En el último episodio de la segunda temporada de Acordes Rurales, la propuesta de Bewis de la Rosa no se puede reducir a un estilo, mensaje o lugar concreto. Lo que aparece es una manera de hacer que atraviesa todo, la música, el territorio y la forma de entender una carrera artística.
Rural y urbano no son incompatibles
Durante mucho tiempo, se ha planteado la división entre lo rural y lo urbano, como si fueran dos lugares incompatibles. En este episodio esa idea se “rompe”. Ser de pueblo no implica renunciar a la ciudad, ni al revés. Es decir, la identidad no es un lugar fijo.
Esta forma de situarse permita escapar de etiquetas. No se trata de elegir entre un sitio u otro, sino de asumir que ambos pueden formar parte de unas mismas vivencias. De esta forma, el rural deja de ser una categoría “aislada”, sino que se convierte en un punto de encuentro.
El rural sin idealizar
Habitar el mundo rural implica mirarlo de frente. Bewis de la Rosa habla de ello en el episodio, frente a la tendencia de romantizar el rural, hay que ser consciente del trabajo, la dificultad y la responsabilidad que conlleva vivir en el territorio.
La cultura, dentro de este contexto, esa acción además de representación. No basta con señalar lo rural como espacio inspirador, sino que hay que implicarse también en lo que sucede en él. Porque, si no, serán otros quienes tomen decisiones desde fuera.
En este final de temporada de Acordes Rurales, Bewis de la Rosa, desde Villamayor de Santiago, plantea que hacer música, y, en el fondo, cualquier cosa, iplica decidir desde dónde se hace y desde qué mirada. Y puede que esté ahí la clave, en no cambiar tanto lo que se hace, sino la manera de hacerlo.
